viernes, 27 de mayo de 2011

Poesía del silencio


Hadas de la noche

Luisana Alarcón

Hadas de la noche
conjuran placeres
Refugiándose en lo absurdo
lo continuo
absorbe imágenes
Traspasa fronteras prohibidas
Emergen como palomas heridas
mundo acabado
plasman
silabas amargas
duele
la marca de lo efímero
y perturba la mente de la soledad
El cuarto atribulado
se queda esperando
unas manos frías
Tocan la piel
alcanzando
sueños transgredidos.

lunes, 18 de abril de 2011

Lo que arrojó la Ola


No sabía a dónde iba, ni a qué. Hacía mucho que no me sentía tan desorientada como ahora. Mis bototos nuevos de montaña me motivaron a caminar por entre los árboles otoñales de mayo; la noche anterior había llovido y el barro se pegaba en ellos, pero no me importaba.
En mi mochila un termo con chocolate caliente, una brújula, mi celular, un sándwich con jamón de pavo y palta y comencé la escalada. A priori imaginaba que al final de la excursión llegaría con un trofeo, algo así como el premio mayor, como el pez más grande y apetitoso del río, algo que simbolizara un verdadero y sublime logro, algo concreto e indudable.
Atrás quedaba la ciudad devastada por la tierra en movimiento. Mi catástrofe interna era mayor y la reconstrucción recién había comenzado. El olor de la naturaleza nativa, de esas flores y frutos mojados por el agua llenaban mis pulmones de un aire renovado. Era un comienzo.
Quería olvidar la mala racha y los aspectos menores del ser humano, esos que aunque se quieran ocultar salen al menor descuido. Una nueva vida debía comenzar, una nueva realidad.
Las últimas casas de la laguna quedaban a lo lejos, el terreno baldío y solitario ya lo sentía en mis pies. Hago un alto en el mirador para descansar un poco y exhalar profundo. Un haz de luz se cuela de entre las ramas cegando un poco mi vista, cierro los ojos y trato de mantener la fe que el final si valdrá la pena. Este es mi último intento, me digo, ya no más, si ahora no funciona, si no logro surgir de entre las aguas y ver la claridad, estoy perdida, si no mejor sería perderme en el sinfín.
Comienzo nuevamente a caminar, cada paso se hace lento como si algo no me dejara avanzar, me enfurezco conmigo misma, respiro y lo intento otra vez. Una empinada y angosta cuesta es mi próximo desafío, debo sujetarme con una liana para no caer al precipicio, que por muy exuberante y llamativo no sabría cómo salir de él. Tengo sed, pero debo tener mis manos libres para aferrarme a lo que sea, cuando llegue al otro extremo podré beber un sorbo de agua. De reojo me percato de lo bello del paisaje, pero no puedo detenerme a verlo, tengo que concentrarme en llegar al otro lado a como de lugar. Salgo de ésta con mucho esfuerzo.
Ya es mediodía y estoy exhausta, la mayoría del camino ha sido cuesta arriba. No hallo la hora de llegar a la cima y contemplar el vasto paisaje que debe haber allí. Mi estómago reclama algo de comida y mis pies desean hacer un alto.
Ya casi llego a la mitad del camino y me pregunto por qué en todo el recorrido no he hallado lo que busco, que tampoco sé qué es. Qué dilema.
Al final de mi vista diviso un tronco añoso, como si alguien lo hubiera tallado para mí, me invita a sentarme y a descansar la subida de esta colina, de esta larga y tediosa colina. Mis botines salen disparados, mis pies ya no lo soportaban, masajeo un rato mis dedos y siento alivio, cada vez más alivio, hasta sentirme relajada, como en un sopor que no me deja distinguir si estoy en esta realidad o es una invención haber llegado hasta este momento.
Entre la neblina de mi alma, veo un colibrí azul, su canto me indica que sigo internada en el bosque, pero a la vez me lleva lejos, cuando era una niña y caminaba por entre las olas en una playa del sur, me parecían gigantes, a veces les temía como si quisieran llevarme para no devolverme nunca. Me quedaba en la orilla, no me atrevía a más, además el agua siempre estuvo helada, como un témpano. Desde la playa me transportaba a los mares cálidos de Centroamérica, donde la gente parece ser feliz y estar a gusto, pero debía conformarme con estas aguas. Mi familia al parecer estaba lejos, era común apartarme y estar en soledad.
Imaginaba mi futuro, en lo feliz que sería al llegar a la adultez, qué ingenua era, me digo ahora, pero cuando ya ha pasado mucha agua bajo el puente, aún quiero ser como esa niña, que frente al mar lanza al infinito sus más tiernos deseos de prosperidad.
Océano malo devuelve lo que me pertenece, por qué te llevaste mi futuro, mis esperanzas, mis promesas, aquí estoy parada frente a ti nuevamente, esperando recuperar lo mío. No seas egoísta y lanza mis pertenencias y aprovecha de llevarte mi bolso cargado de males, de negatividad, fracasos y desilusiones. Llévatelo, llévatelo y dame lo míooo.
Las olas me mojan, caigo tumbada en la arena, mi ropa toda empapada se pega a mi piel y me quedo tirada, sin energías, finalmente el sueño me gana y ya no me importa estar helada.
Siento al colibrí más cerca, creo que está en el árbol más próximo. Mis ropas están mojadas, por el mar de lágrimas que derramé sin darme cuenta. Al parecer caí rendida y sumida en un ligero sueño. Veo mi reloj y ya ha pasado una hora, debo retomar la marcha, busco mis bototos y me dispongo a seguir.
No sé si es la falta de comida, pero me siento más liviana, como que hubiera bajado un par de kilos, hasta mis pies están más deshinchados. Los árboles se hicieron a un lado para mostrarme una llanura despejada que me indica que he llegado a la cima, qué alivio! Corro hasta allí y me pongo a meditar mientras abro mi morral y preparo mi almuerzo. Pienso en las olas del mar que me hablan como si fuera parte de ellas. En esta gran vista diviso el esplendor del océano y su desembocadura, las tupidas colinas que rodean esta ciudad y algunas construcciones por las laderas.
Mi emparedado sabe delicioso, como si fuera la primera vez que probara el pavo y la palta. Mi agua mineral sin gas refresca mis sentidos y me hace pensar en la importancia del agua en mi vida. Ubico el norte y me recuesto en el pasto, estiro mis piernas, mis pies y me mezclo con las copas de los árboles mirados desde abajo.
Algunas gaviotas cruzan mi cielo formando una V, parece que van al norte. El colibrí me ha seguido, quizás quiere compañía o tan sólo que alguien escuche su piar. Ya no estoy sola, este pequeño pajarillo requiere sentirse acompañado. El bullicio del pueblo está ausente en este lugar, sólo mis pensamientos me invaden, la brisa agita mis cabellos trayéndome aires nuevos. Un exquisito aroma llega hasta a mí, es un olor que me llama, que viene cada vez más intenso y los deseos de seguirlo es más fuerte en mí cada vez.
Mezcla de lavanda con miel, pomelo y canela, entre dulce y cítrico, me recuerdan las masas dulces de mi infancia. Un cheesecake con salsa de arándanos, frambuesas y fresas, una delicia a mi paladar, mmmm… no resisto la tentación, tomo mis cosas y me largo tras la fragancia que deja esta estela.
El camino se enangosta hasta llegar nuevamente al bosque tupido y oscuro. Los rayos del sol no llegan hasta aquí, pero no tengo miedo, ya no me encuentro perdida como al inicio de esta caminata, algo sublime me guía, me indica que debo seguirlo. Ahora pareciera que todo el lugar está impregnado con este olor. Mi nariz sigue la ruta del aire fresco y dulzón. Lo siento puro, limpio, como el de un bebé.
Cruzo la zona húmeda ya en bajada, un alivio a mis piernas y espalda. La fragancia es cada vez más intensa, mi curiosidad también se hace más fuerte, veo las primeras casas de la villa y me pregunto si de una de ellas, es la que emana este aroma.
El final de mi camino viene a dar al patio trasero de una casa. Allí dos niñas juegan a las muñecas. Una revuelve un tarro de aluminio y la otra le va dando indicaciones. Distingo que de allí proviene el motivo de mi atención. Lentamente me acerco a ellas, me ven y van a mi encuentro, me sorprende su afectuosidad, especialmente hacia una extraña. Me cuentan que todos los días realizan la misma preparación con la esperanza que alguien perciba la mezcla. Me acerco para ver qué cocinan y sólo veo tres piedras, un clavo y una cuerda en el interior del tarro.
Cómo puede emanar tan agradable olor, me pregunto. La más pequeña me dice que estas cosas las arrojó una ola cuando un día fueron al mar, y que las llevaron a casa para jugar a la cocina y desde ese día se afanan en revolverlos en este tarro oxidado.
De tres piedras, un clavo y una cuerda pueden salir las más exquisitas y perfectas preparaciones que uno pueda imaginar, recalca la mayor, siempre y cuando provengan de lo alto, del cielo, de arriba y me apunta con su dedo índice.
Cuál es la diferencia con las de aquí abajo, le pregunto. Ah, es que las de arriba son mágicas, sin impurezas y más livianas, ves! En una bolsa de papel la chiquitita guarda la tres piedras, el clavo y la cuerda y me las entrega. Ahora ya puedes volver a tu casa y preparar las más deliciosas recetas, sólo no dejes de revolver.
Las meto en la mochila y camino rumbo al paradero del bus. El final de mi excursión valió la pena.

FIN

Por Silvana Acuña Serón.

San Pedro de la Paz, 03 de junio de 2010.

domingo, 17 de abril de 2011

Un amor en Tiempos de......por Silvana




El reloj ya casi marcaba la media noche, una suave luz iluminaba la estrecha escalera de caracol que conducía a la torre. Como de costumbre, a la misma hora, subió cada escalón con mucho cuidado, como si en cada uno de ellos, cada rincón de su cuerpo viviera una completa transformación, como en una pieza musical en que cada tono, en que cada nota, conduce a la otra y; así, todas forman luego una gran obra. Al llegar arriba, Mery exhaló un suspiro, había concluido con la primera parte de su ritual.
El camisón, de franela con ribetes de broderie, le daba un aspecto maternal y a la vez seductor. La cera derretida que caía del candelabro le quemaba la mano izquierda, pero ella no la sintió, estaba habituada. Sus tres hijos pequeños dormían hace horas y no sospechaban que su madre cada santo día se dirigía hasta lo alto de esa gran casa.
En la última habitación del altillo, donde todos creían que se guardaban muebles viejos, Mery tenía su escondite; sólo ella tenía la llave. De descuidado, el cuarto no tenía nada, esta joven y delicada mujer lo mantenía en completo orden y muy bien decorado. Flores frescas de la estación la esperaban cada día, así apenas abría la diminuta puerta, una bocanada de perfume inundaba sus pulmones.
Un sofá verde claro con cojines rosados, también pálidos, le daba a la habitación un aire femenino y primaveral. En un costado, una pequeña estufa a leña, sin encender - para no despertar sospecha -, le daba calor visualmente. En la esquina, una pesada mesa de roble ovalada era su lugar de trabajo. Antes de ponerse a escribir, Mery descansaba en el sillón algunos minutos, colocaba sus ideas en orden, luego encendía los otros dos candeleros, en total doce velas cada noche.
Un suave té de jazmín, servido en una pequeña taza de porcelana, la ayudaba a aclarar su mente e hilar las ideas. En la escalera de caracol ya había comenzado a dilucidar la historia que ahora debía continuar y darle vida en aquel cuaderno todo manchado de tinta. Las empleadas ya habían notado los dedos teñidos de la señora, pero por discreción no le preguntaban, “debe llevar un diario de vida”, se respondían mientras cuchicheaban en la cocina.
Esa noche era especial, era el solsticio de invierno, la noche más larga del año, el día en que el sol parece regresar de su viaje anual al Sur y empezar su lento retorno a las latitudes del Norte; una noche que sin duda debía aprovechar. Se acercaba también Nochebuena, el recordatorio del nacimiento de Jesucristo, fecha que colmaba su corazón de alegría y nostalgia. También sería la segunda Navidad que pasaría sin su marido.
“Amor mío, esposo mío, no sabes cuánto te extraño, cada día sin ti es un calvario tan grande como la cruz que llevó nuestro Cristo hace casi dos mil años atrás….”
“Hoy al despertar y no verte a mi lado me embargó una pena tan grande que por mí no me hubiese levantado jamás. Si no fuese por nuestros hijos, ya estaría vagando en las tinieblas del bosque. Me pregunto a cada instante por tu regreso, si estarás bien, sano, con vida, en todas la penurias que estarás pasando, viendo la maldad de la gente, de hombres llenos de ansías de poder, de ambición sin igual, pero esposo mío, sólo quiero gritarte que estoy aquí esperando por ti, leal a tu amor, como el primer día en que te conocí. En tu última carta, hace ocho meses, no me decías mucho, quizás por confidencialidad o para no preocuparme, sólo mencionaste lo mucho que nos extrañas, sé que tu mente y tu corazón están con nosotros, lo siento así, le pido a Dios te proteja de cualquier infortunio y te de vida para tenerte pronto de vuelta en casa….”.
Todas con fecha y ordenas por mes, lo que un día Mery comenzó como unas simples cartas dirigidas a su esposo, que se fue a la guerra hace más de dos años, se estaban convirtiendo en una historia de amor que cobraba vida con el correr del tiempo.
Esta afición la mantenía motivada, durante el día planeaba, armaba y desarmaba diálogos en su mente, daba giro a la trama, incorporaba personajes, otros los hacía desaparecer, jugaba con ellos como un titiritera, movía los hilos a su antojo. También se adelantaba en el tiempo y en el espacio, luego retrocedía la historia, meditaba cómo dilucidar los misterios, así esta incipiente escritora se la pasaba día tras día. El inicio de una inocente narración era ahora más fuerte que ella, ésta la tomó, la apoderó, sus enormes ansias no la dejaban en paz, ni siquiera en sus sueños.
Sin duda, la ausencia de Gerard la había dejado perturbada, su única forma de escape era escribir sin cesar, ya eran habituales sus ojeras, sus cercanos pensaron que estaba enferma, por lo que llamaron al doctor - muy escaso en esos días -, declarándole principio de anemia, pero Mery sabía perfectamente cuál era su problema, debía terminar su novela.
El supuesto final la tenía trastornada. Este punto de la narrativa estaba fuera de su control, el resto de la historia la pudo manipular a su antojo, pero el desenlace no le correspondía, lo intentó mil veces, pero algo le impedía dar con las palabras correctas. Algo debía suceder para que Mery diera con el final, pero no sabía qué, se la llevaba atenta a todo, cualquier movimiento lo analizaba exhaustivamente, desgastando aún más sus energías.
En mayo aún quedaban vestigios de la primavera, pero las flores y el bosque perfumado de eucaliptus ya no la inspiraban como antes. Los primeros calores del incipiente verano la tenían más abatida. Una tarde salió a caminar, llegó hasta el bosque, se sentó junto a un viejo álamo para garabatear en su cuaderno, pero no daba con ninguna idea. Sus hijos jugaban en la pileta con sus nanas; aunque estaban cerca, Mery se sentía cada vez más alejada de ellos, ya no se esmeraba en tener conexión emocional, y a pesar de su niñez, los chicos se daban cuenta que su mamá no estaba bien, que estaba enferma y preferían no molestarla.
En el horizonte divisó al cartero, hacía casi un año que no recibía noticias de su marido. Esto la alegró mucho, rápidamente recogió su vestido y fue al encuentro del sobre. No había una carta de Gerard, sino dos. Emocionada las tomó al mismo tiempo.
“Amor querido, siento tanto no haberte dado noticias, pero la situación es cada vez más complicada, hasta sospechamos que pueden interceptar la correspondencia, por eso no debo ser muy específico en mis relatos. Estoy en un hospital, en Polonia, fui herido en una pierna en el último combate, también tengo perforado el costado del pulmón derecho y la falta de medicamentos han hecho que mi recuperación sea más lenta. No quería preocuparte, por eso recién te escribo ahora, que ya estoy mejor y que por lo menos puedo escribir estas líneas. Se rumorea que esta guerra está llegando a su fin, pero hasta que las fuerzas enemigas no se rindan, no podemos cantar victoria…
Mery, tampoco he sabido de ustedes, esto me tiene muy angustiado, en tu última carta me contabas que me escribías a diario, pero no he recibido nada, por eso temo que les haya sucedido algo grave. Estoy tratando de averiguar con un conocido.
Espero estar pronto con ustedes y dejar atrás esta pesadilla que no tiene fin, un abrazo a los niños y un beso para ti. Recuerda que te amo infinitamente….”
Saber que su esposo fue herido en la guerra sobrecogió a Mery, se sintió impotente, sólo quería correr a abrazarlo y no soltarlo más. La angustia la embargó enormemente, con los ojos inundados de lágrimas y con un escalofrío en su espalda, procedió a abrir la otra carta. Tomó el sobre, lo miró concentradamente, el sello postal era diferente y estaba escrita con otra letra.
“Estimada señora Mery Thomas: Lamentamos comunicarle que su esposo ha sido seriamente lastimado en la frontera con Checoslovaquia, no lo hemos dado de baja porque no hemos encontrado su cuerpo. Cualquier noticia se la informaremos……”.
Estas palabras fueron su fin, sus esperanzas, las de volver a amar, las de volver a sonreír, fueron anuladas de golpe. No imaginaba su existencia sin la presencia de este hombre que amaba desde que era una adolescente, ni menos seguir con una familia a cuestas, era demasiado para ella, y lo peor, sabía que ya ningún otro ocuparía su corazón, por más que eligiera vivir en compañía de otro esposo, su corazón, su alma, su cuerpo, sus pensamientos, todos sus sentimientos estaban reservados sólo para Gerard, no había esperanza, no.
Ya no tenía ánimo ni motivación de subir la escalera de caracol para seguir con su historia, su único esfuerzo consistía en mantener la respiración necesaria que le asegurara la vida, que le asegurara a sus hijos la existencia de su madre. Cada día perdía más peso y la escases de alimento atenuaba aún más su situación, pero con la ayuda de un amigo del pueblo pudieron conseguirle vitaminas y hierro, y la leche que antes se reservaba a los niños, ahora estaba destinada casi en su totalidad a Mery. Sus ojeras se profundizaban junto con la pena de su alma.
Con el correr de las semanas empezó a sentirse con un poco más de energía, suficiente para implorar a Dios un halo de vida para ella y Gerard. Se negaba a creer su muerte, se convencía a cada minuto que era una equivocación, que un milagro aún lo tenía con vida, imploraba un milagro, rogaba un milagro, esa fe la ayudaba a no derrumbarse, su Dios no le permitiría semejante sufrimiento, con estas plegarias se consolaba y seguía durmiendo.
Así pasaron dos meses, el otoño y los árboles con su variopinto de hojas de colores, daban a la estancia un aire romántico y a la vez nostálgico. Ninguna carta del exterior había llegado. Sin duda, quería noticias, pero a la vez, que no llegara información confirmando el fatal destino de su amado, la ayudaba a seguir con el hilo de esperanza que aún tenía en lo profundo de su corazón. Prefería seguir creyendo que en alguna parte del mundo él seguía con vida, aunque nunca volviera a tener la certeza absoluta de su fallecimiento.
La falta de una madre cariñosa y la presencia de un padre se resentían en la personalidad de los niños. A pesar de los juegos y los deberes, éstos reflejaban un dejo de soledad y tristeza en sus ojos. Mery estaba consciente de ello, pero su desolación era más fuerte, era una deuda que algún día debía pagar.
Buscó refugio nuevamente en el altillo. Paso a paso, en cada peldaño pedía fuerzas para continuar con este proyecto que la había tenido tan afanada hace unos meses y que ahora había llegado a detestar. En la cima de la escalera de caracol divisó la puerta de su escondite, avanzó lentamente y toda temblorosa le dio dos vueltas al cerrojo. La habitación estaba tal cual la había dejado, pero las telarañas habían aparecido, el sofá estaba lleno de polvo al igual que su escritorio y las flores marchitas daban un aspecto fúnebre.
Encendió los candeleros, nueve cirios esta vez. Se quedó pegada, inmóvil, su mente divagaba entre penumbras, pesadillas y malos recuerdos. Una de las velas comenzó a chirriar, esto la alarmó, pero pronto volvió a su normalidad. Hincada en un viejo tapete persa rezó un Padre Nuestro y dos Ave María, ahora se sentía con más fuerzas para recomenzar. Se apoyó en uno de los brazos del desgastado sillón y lentamente se levantó para caer de súbito a la silla de madera giratoria, frente a la gran mesa de roble.
Leyó la última frase que tenía escrita en el papel amarillento, “mi Gerard, espero tenerte para Navidad, como sea tendremos un pavo y recordaremos nuestra separación como algo lejano que nunca más volverá a suceder, y los niños estarán tan felices que te pedirán una y otra vez cuentes tus historias de guerra, las historias de un héroe”.
Al leerla Mery rompió en llanto, quedaba poco más de un mes para Navidad, su festividad predilecta. ¿Qué haría ese día sola? ¿Cómo soportaría esta fecha sin su amor? Ni lo podía imaginar. Angustiada alcanzó la Biblia que tenía en el estante superior, necesitaba una palabra de consuelo, necesitaba fe, fe ciega, ésa que se le había escurrido últimamente. “Entonces los justos le responderán diciendo: Señor, ¿Cuándo te vimos hambriento, y te sustentamos, o sediento, y te dimos de beber? ¿Y cuándo te vimos forastero, y te recogimos, o desnudo, y te cubrimos? ¿O cuándo te vimos enfermo, o en la cárcel, y vinimos a ti? Y respondiendo el Rey, les dirá: De cierto os digo que en cuanto lo hicisteis a uno de estos mis hermanos más pequeños, a mí lo hicisteis”, (Mateo 25, 37- 40).
Fue entonces cuando esta joven madre entendió que no debía de temer, estaba consciente de haber obrado bien en la vida y de ser digna hija de Dios Todopoderoso, y que la vida de su esposo no estaba en sus manos, sino en la de Él.
“Gerard, he sufrido lo inimaginable desde tu supuesta desaparición, ya no puedo más con este calvario, se me está yendo la vida pensando en tu retorno, pero hoy entrego tu destino, tu vida, al Altísimo. De alguna forma, si es su voluntad, te habrá proporcionado los medios para traerte de vuelta, y si nunca más sé de ti, tengo la convicción de que algún día nos encontraremos en el Cielo y viviremos lo que no pudimos aquí…
Ahora trataré de recuperar mi salud, de atender a nuestros hijos que tanto me necesitan, para que sean nobles y valerosos como tú querrías. Mi tesoro, donde quieras que estés recibe mi amor eterno. Siempre tuya, Mery”.
La esfera turquesa emanaba un destello muy sutil y que a Mery la tenía soñando en su infancia. El menor de sus hijos, Jimmy, le pasó una borla dorada con franjas rojas, que había heredado de su bisabuela. Empinada, Charlotte trataba de fijar unas campanillas en lo alto del árbol, mientras Dylan, el hermano mayor, que por derecho y en ausencia de su padre, colocaría la estrella en la punta del abeto. Mery dejó apoyada en la mesa de centro la reliquia de su niñez - en su interior la nieve caía sobre una típica noche de un poblado austríaco - para contemplar la escena que estaba frente a sus ojos. Notó que la alegría había vuelto a su hogar y hasta pudo reír y hacer bromas con sus hijos.
No hubo pavo en Nochebuena, pero sus niños no reclamaron, estaban felices de compartir con su madre, de que volviera a sintonizar con ellos. Un puesto de más, les recordó que el dueño de casa no estaba, era la tercera Navidad consecutiva.
Esa misma noche, cuando los pequeños dormían, Mery subió a la buhardilla, quería tratar de continuar con su obra. Sólo cinco velas alumbraban sus escritos, debía racionar recursos. Desde su silla, en lo alto de la torre, podía ver el bosque y el reflejo de la luna nueva, a pesar de las nubes era una clara noche invernal. Hizo un alto en la redacción, parada frente a la ventana vio caer los primeros copos, se quedó pensando en su amado y a la distancia le deseo una Feliz Navidad.
El canto de un gorrión la despertó, se había quedado dormida encima de la mesa ovalada. El fuego de la chimenea se había apagado, pero aún quedaban brasas. Se levantó a atizarlo, sentía frío. El cielo violáceo le indicaba que estaba a punto de amanecer, se acercó a la ventana, lo árboles se movían como en una danza, como si estuvieran vivos y quisieran hablarle, se quedó mirándolos, le pareció nunca haber visto aquello. Una sombra oscura y alargada le llamó la atención, pensó que era un zorro, pero a medida que se acercaba, la sombra de éste se iba estirando hasta que se dio cuenta que era un hombre con vestido, más bien, un hombre con sotana tirando un pequeño trineo. Hace mucho no la visitaba el cura del pueblo, éste debió partir para alistarse y dar apoyo espiritual a los soldados, por lo que en todo ese tiempo los habitantes de la villa habían quedado sin la Sagrada Eucaristía.
Feliz de contar con la presencia de un sacerdote en Navidad, se apresuró en bajar la escalera y salir al encuentro de éste. Sin duda, debía de estar congelado con tal ventarrón. Quiso ir a su encuentro para ayudarlo a tirar el trineo, se puso el pesado abrigo azulino de siempre, se abrochó los botines negros y ajustó su gorro montañés. De violeta el cielo había cambiado tenuemente al gris, con pequeños atisbos anaranjados a lo lejos, ese día sería menos nevado.
De lejos el hombre le hacía señas, pero Mery no lo reconoció, no era el mismo cura que se fue - pues éste siempre tuvo una gran barriga y corpulentos brazos - , por lo que imaginó que sería uno nuevo. Al acercarse vio que abría sus brazos en señal de alegría y que su barba se movía como un péndulo por el viento. La sotana le quedaba muy holgada, casi todos habían adelgazado en esos años de austeridad y al parecer él no era la excepción. A diez metros de Mery, el caminar del párroco le pareció familiar, el movimiento brusco de su cadera izquierda le recordó a su marido, que a pesar de ser muy coordinado, a la hora de correr su cuerpo parecía desarmarse. En un momento lo vio detenerse bruscamente y soltar la cuerda que tiraba, para empuñar ambas manos y llevárselas al pecho, golpeándolas dos veces para luego abrirlas y estirarlas, simulando con los dedos el vuelo de una paloma. Mery quedó inmóvil, ese gesto sólo lo había visto en una sola persona, en Gerard, un ademán que inventó para transmitirle coraje y libertad desde lejos, cuando se divisaban de una colina a otra.
Si lo que acababa de ver era broma, sin duda, era de muy mal gusto, pensó. La palpitación de su corazón se aceleró en menos de dos segundos, le faltaba el aire para mantenerse en pie, no podía creer lo que veían sus ojos. No fue capaz de seguir caminando, sus rodillas se desplomaron en el suelo. Al ver esto el hombre de sotana se apresuró, dejando atrás su cargamento. Los ojos mojados de Mery le impedían ver, pero no hacía falta, ya sabía lo que sucedía. Su Gerard había regresado, con vestido y lazo, pero era su Gerard, no podía ser otro.
Tanto había ansiado este momento que ahora que se hacía realidad no sabía cómo actuar, muchas noches soñó correr a su encuentro, otros en que ella despertaba y él estaba a su lado acariciando su mejilla, otras en que recibía una carta informándole que su marido se encontraba sano y salvo.
Su cuerpo se congelaba en la nieve, pero no le importó, el regreso de su amor la tenía inmovilizada. Se llevó las manos a la cara, se secó las lágrimas para ver mejor, para constatar lo que había visto hace menos de un minuto atrás. Su esposo que estaba frente a ella, se arrodilló para verla a los ojos, Mery al ver a este hombre tan diferente del que se fue, con varios kilos menos, con una larga y descuidada barba, con sus manos agrietadas, le parecía un poco ajeno, pero al ver su mirada aceptó que a pesar de haber sido víctima de muchos sufrimientos, era el mismo Gerard que conoció hace quince años. No pudo emitir palabras, sólo se perdió en el gigante abrazo que su marido le estaba dando, un abrazo que le devolvió la seguridad y el alivio que tanto necesitaba. El la levantó de los brazos, la miró nuevamente y la besó, un beso de amor y júbilo como en los primeros años de casados.
Luego de despegar sus labios de los de él, Mery soltó un gran suspiro, que llegó a provocar la risa de ambos amantes. Del llanto pasó a la alegría y su garganta de pronto comenzó a articular infinidad de preguntas y palabras, unas tras otra.
- Querida, calma! Ya te contaré todo lo que viví, lo importante ahora es que estamos juntos y con vida. Vamos a casa, me muero por ver a los niños, les traje algunos obsequios navideños. También quiero darme un buen baño y sacarme esta sotana que me protegió todo este tiempo, pero que ya no me corresponde llevar.

- Sí vamos, mira que si alguien me ve besando a un cura, me pueden hasta excomulgar.

Marido y mujer se fueron riendo y jugueteando hasta su casa. De pronto Mery dio con el final de su novela, esa misma noche subiría la escalera de caracol para darle término.


por Silvana Acuña Serón.
San Pedro de la Paz, 02 de noviembre de 2009.

Comentario del libro de Ouspensky

El pequeño libro ante mí no es extenso, media las cien páginas, de hojas macilentas, parece haber estado por mucho rato en un rincón, olvidado. En efecto, se titula “Psicología de la posible evolución del hombre”, su autor, Piotr Demiánovich Ouspensky, luego me enteraré, podría llamarse el más inteligente discípulo de Gurdjieff, expone al lector la transcripción de cinco conferencias dictadas entre 1921 y 1934, fecha en que fueron transcritas y que según sus palabras “que entregaban una idea general de aquello que estaba estudiando, además de las líneas de trabajo de ciertas personas que colaboraban conmigo”

Lo leí conferencia a conferencia, tomándome el resto de cada día para dar alguna vuelta a lo que había leído y terminar por experimentar una sensación de mucho sentido. Por tanto, las líneas que vienen son parte del resultado que de una u otra manera me permito consignar, tanto para tratar de comprender un poquito más, como para aquel que tenga ganas de leer algo que tal vez como a mí, le haga mucho sentido.

El hombre no es un ser completo (premisa o conocimiento básico) y por tanto necesitamos del propio esfuerzo, voluntad y ayuda suficiente para continuar en la senda del desarrollo, desarrollo de cualidades tanto como de características interiores, para convertirnos en un ser diferente, estado que muchos siquiera desean, pues nada saben acerca de ello y por tanto no están preparados para comprender. Es así como de esta comprensión dependerá, nos dice, lo que se puede lograr; adquirir nuevos poderes o las capacidades y características propias de un proceso de crecimiento personal, a saber, aceptarse, aceptar que no poseen estas capacidades que se nos muestran en el ser diferente, aceptar al cambio y todo lo que en sí comprende, re-conocernos, pues se trata de volver a conocer lo que ya se conoce, pero que la mayoría de las veces ocultamos a los demás, tanto y tan empecinadamente que hasta a nosotros mismos terminamos ocultando. Un ejemplo básico sería el de un chico que quiere pertenecer a la selección del equipo de basketbol, él juega, lleva un tiempo practicando por su cuenta, es de baja estatura y tiene algunos problemas de visión, cosa que le dificulta los tiros de distancia. En este caso nuestro chico no puede pretender, de buenas a primeras, convertirse en seleccionado, necesita corregir la irregularidad en su visión o aprender a salvarla, y entrenar duro para suplir su falta de estatura por la agilidad necesaria, pero para esto, lo primero a hacer es aceptar su estatura y no tratar de obviarla mintiéndose, lo mismo con la visión, pues la mentira, luego Ouspensky nos dirá, constituye uno de los obstáculos al autoconocimiento, nuestro autoestudio. Por tal, el hombre, el humano, debe aprender a aceptar que no posee muchas de las características o capacidades que cree, que no es un súper hombre, que no maneja sus sentimientos sino que ellos lo manejan a él, y que en general, no hace lo quiere sino lo que puede y que en última instancia, no se conoce a sí mismo, y por lo mismo, tampoco, a quienes pretende conocer en base al conocimiento propio. En fin, comprender, aceptar que acerca de muchas de las características que se arroga, justamente se las arroga mediante el autoengaño, la mentira, tanto a sí mismo como a los demás. Ante esto Ouspensky, es decir, para entender, conocer de aquellas características y capacidades y facultades insospechadas que puede lograr el hombre, y cuáles son aquellas que imagina poseer, nos propone comenzar por un conocimiento general del hombre o humano en sí mismo, aceptando que:

• El hombre no se conoce a sí mismo
• El hombre nada puede hacer, en realidad todo sucede
• El hombre es una máquina
• La idea de ser un solo yo, ser el mismo siempre, es nada más que ilusión, la cual proviene, tanto de que nos llamen siempre por el mismo nombre, de que poseemos hábitos, así como de que experimentamos similares sensaciones
• No se posee la conciencia ni la voluntad, siendo esta la cualidad más importante y engañosa al momento de creer conocerse

Nos explica que esta verdad es una forma de conocimiento, un conocimiento de sí mismo, de quienes, de dónde está, de lo que sabe, lo que no sabe y así sucesivamente, y no el equivalente a la palabra inteligencia en el sentido de actividad mental. Que esta consecuencia (conciencia, voluntad) es algo que se siente, que sólo sin autoengañarse puede crecer, pues solo él mismo puede saber ciertas cosas acerca de sí mismo. Que esta se nos muestra sólo por momentos y que despertar a esta conciencia en forma más permanente, es decir, hacerla continua y controlable por medio de esfuerzos y estudios especiales, es la tarea, todo lo cual no es, en medida alguna, apreciable mediante las acciones exteriores. La ilusión, nos dice, de ser conciente de sí mismo, es creada por su memoria y los procesos de su pensamiento. Para mejor entender esto, nos describe cuatro posibles estados de conciencia en el hombre, o mejor, del hombre, a saber; el sueño, la vigilia, la conciencia de sí mismo y la conciencia objetiva.

Luego, respecto a la memoria, a nuestros momentos de memoria, nos dice que en realidad no recordamos mas que nuestros momentos de conciencia, aunque no sepamos que es así, chispazos de esa conciencia continua y controlable que sólo podemos alcanzar luego de comprender que no la alcanzamos en nuestra actual condición y que tenemos o nos hemos creado un sin fin de obstáculos para llegar a ella, siendo el más grande aquel de nuestra ignorancia de nosotros mismos y nuestra ilusoria convicción de conocernos, al menos, en cierta medida y por tanto, poder contar con nosotros mismos.


De los cuatro estados posibles de conciencia, sueño, vigilia, conciencia de sí mismo y conciencia objetiva, nos dice, nos movemos actualmente sólo en las dos primeras y tenemos solo chispazos de la tercera, efímeros recuerdos. Así, para alcanzar más que estos chispazos, más que estos resplandores fugaces, es decir, periodos mas largos de conciencia, ya sea de aquella en el sueño a la vigilia o de esta a la conciencia de sí, no basta con que se produzcan por si solas o solos, sino en suma necesario y fundamental se vuelve la voluntad, un acto de voluntad, dependiendo por tanto este paso al conocimiento de sí mismo, de la voluntad. Conciencia y voluntad serían entonces dos lados de una misma cosa, dos pares de un gran círculo. Aquí es necesario volver a los obstáculos a esta conciencia de sí mismo, de los cuales el fundamental es la falsa convicción de ya poseerla o de que por lo menos se la puede alcanzar en el momento en que se quiera. Una cita,

“Las escuelas existen sólo para quienes las necesitan y que saben que las necesitan”

Un segundo obstáculo radica en la ilusión de poder tener por uno mismo, puesto que por uno mismo no se obtiene nada. Otra cita,

“No podemos conocer la verdad en nuestro actual estado de conciencia, entonces no podemos mentir, es decir, esconder la verdad, pero puesto que fingimos conocer la verdad, sí mentimos”

Pienso en frases de Shakespeare, por un lado, que “la vida es un actor”, que “la vida es una pobre sombra caminando” y luego en el texto leo “el hombre (humano) tal cual es, no es un artículo genuino. Es una imitación de algo y es una pobre imitación”.

Se nos introduce ahora a los términos esencia y personalidad, lo innato y lo adquirido, las cuales no están en equilibrio sino siempre una influyendo a la otra y la otra a la una, las relaciones mutuas de la esencia y la personalidad. Pareciese que lo más normal es que la esencia domine a la personalidad, pero nos dice que deben crecer en forma paralela y ninguna sobrepasar a la otra, pues esto constituiría otro obstáculo a la posible conciencia de sí mismo. Así, nos menciona las condiciones de la vida moderna que favorecen en alto grado el subdesarrollo de la esencia, por ejemplo, el ambiente competitivo, la cultura de la competitividad. En efecto, imaginar es mentirse sí mismo, nos dice, añadiendo dos estados protectores del sueño, es decir, de la ilusión de cuanto creemos saber o conocer; la identificación y la consideración.

Entonces, “como parte del proceso de autoestudio y autoobservación no sólo basta con estudiar y observar el trabajo correcto de los centros, sino también su trabajo incorrecto”. Para entender esto de los centros es necesario volver a la idea del hombre como máquina, la cual funciona respondiendo a influjos externos e internos. Ahora, también debemos agregar los cuatro estados posibles de conciencia y las funciones de esta máquina, las cuales en orden progresivo serían, la función intelectual, la emocional, la instintiva, la motriz, la sexual, la emocional superior, en la cual surge la conciencia de sí mismo, y la fundamental superior en la cual surge la conciencia objetiva, todas las cuales tiene su propio “centro de operaciones”, los cuales funcionan independientemente y también en conexión con los estados posibles de conciencia. Estos centros estarían hechos, además de para cumplir su función, para poder suplir, reemplazar, eso sí, imperfectamente, el trabajo de otro centro, por ejemplo “el centro motor puede imitar en cierta medida el trabajo del centro intelectual, pero sólo puede producir pensamientos muy vagos e inconexos, como podrían ser aquellos de los sueños y ensoñaciones. A su vez, el centro intelectual puede trabajar para el centro motor. El centro instinto puede funcionar en reemplazo del centro emocional, y sólo ocasionalmente el emocional puede trabajar en vez de los demás. A su vez el intelectual puede trabajar en lugar del instintivo, aunque sólo pueda realizar una mínima parte del trabajo”. Ahora, es necesario comprender que siempre este trabajo será imperfecto y que llena prácticamente toda nuestra vida.

Conocer de todo esto es fundamental en el proceso de autoobservación, autoestudio, para continuar en nuestra senda de desarrollo, para con esfuerzo y ayuda ponernos en camino a convertirnos en un ser nuevo. Pero este desarrollo también involucra otras facetas, otros obstáculos, los cuales vendrían dados por ciertas condiciones necesarias, tales como tener presente que el desarrollo sólo se da en forma muy esporádica y precisando, a su vez, de muchas condiciones internas y externas, la oportunidad, el momento justo en que las variables son las precisas. Por ello, que el hombre (humano) comprenda su situación, sus dificultades y posibilidades, tenga un fuerte deseo de salir de su estado actual o un interés muy grande por lo nuevo, por ese estado desconocido que adviene con el cambio, que precise de cierta preparación, de encontrarse exteriormente en buenas condiciones, es decir, un contexto apropiado en que la escuela pueda desarrollarse, no por ejemplo en medio de una agitada urbe, no en Nueva York ni en Las Vegas ni mucho menos en el enrarecido ambiente de Los Balcanes o en una Latinoamérica en constante pugna, no, esta escuela necesitaría de una vida más o menos ordenada, un cierto nivel cultural y de libertad individual, es fundamental.

En la tercera conferencia, y al parecer no por casualidad, casi al final vuelve sobre la memoria, de la cual algo nos había explicado en su relación con la conciencia, chispazos de conciencia. Aquí nos dice que es necesario aprender a considerar a cada centro como una máquina distinta e independiente, un material sensible. Sabemos que todo cuanto nos sucede, todo lo que oímos, vemos, sentimos, aprendemos, queda registrado en alguna parte y que sólo a veces podemos obtener o usar esta información, usar estas impresiones, tanto internas como externas. Este es el punto único con que contamos. Por ende, todos los procesos de nuestro pensamiento, nuestros cálculos, nuestras especulaciones, consisten sólo en comparaciones, en comparar estas impresiones, en releerlas una y otra vez, en intentar relacionarlas, en sus diversas relaciones para luego comprenderlas, no pudiendo pensar en nada nuevo, no pudiendo inventar nada nuevo. Es así que mientras más relaciones entre las impresiones, más tiempo permanecen en la memoria.

Mientras que en las tres primeras conferencias, progresivamente nos va presentando aquellas ideas nuevas que en la introducción nos hace ver no parecemos, no estimamos en su real sentido, no comprendemos, tanto en la cuarta como en la quinta, se dedica a ahondar aún más, tanto en los centros y sus divisiones, como en las emociones que consistirían nada más que en el resultado de procesos anteriores y por tanto no directamente emociones como se las pretende comprender. Finaliza reflexionando o poniéndonos al tanto de la verdadera dimensión, así como durante todo el texto, del concepto comprensión, la cual no sería posible en el actual estado en que nos encontramos, es decir, aún entre el sueño y la vigilia o también llamado conciencia relativa.

Debo consignar que transcribió una sexta conferencia, la cual no he querido reflejar en estas líneas, pues sentí que cuanto se me había mostrado no era del todo auténtico y por tanto, prefiero quedar con esta sensación, al momento de escribir, de conocimiento y ser en crecimiento.

Frankoriel Padilla Gálvez

P.D. Ouspensky

“El hombre no puede pensar, hablar ni moverse como quiere. Es una marioneta tirada aquí y allá por hilos invisibles. Si lo comprende así, puede aprender mucho más sobre si mismo, y tal vez entonces las cosas comiencen a cambiar para él. Pero si no puede admitir ni comprender su evidente mecanicidad, o si no quiere aceptarla como un hecho, ya no puede aprender más y las cosas no pueden cambiar para él”
Psicología de una posible evolución del hombre


Piotr Demiánovich Ouspenski. Moscú, 5 de marzo de 1878 - m. Surrey 2 de octubre de 1947) Filósofo y escritor ruso con orientación mística. Autor de varios libros de temática espiritual y filosofía esotérica. También dio conferencias y seminarios sobre las enseñanzas de George Gurdjieff, y sobre el Cuarto Camino, siendo uno de los principales difusores de este tipo de conocimientos en el ámbito occidental.

En 1908 viajó por Turquía, Grecia y Egipto, y cuando regresó a Rusia abandonó Moscú para establecerse en San Petersburgo, donde comenzó a dar conferencias públicas sobre sus viajes y su continua búsqueda de lo milagroso. Fue seguramente el más emblemático alumno de Gurdjieff, al cual conoció en Moscú, en la primavera de 1915. Sin embargo, a partir de 1918, la relación entre ambos fue menos intensa.

En 1920, debido a la Revolución rusa se vio obligado a refugiarse en Constantinopla, lugar en el que se reencontró con Gurdjiefff y organizó un grupo de estudios. Posteriormente se radicó en Inglaterra, donde escribió sus trabajos más importantes e intervino en la creación del Instituto Gurdjieff. En 1924 tornó a trabajar independientemente de Gurdjieff, coincidiendo con la partida de éste hacia América. La última vez que se vieron fue en París en 1930. Durante la Segunda Guerra Mundial se trasladó a EE.UU. En 1947 regresó a Inglaterra, falleciendo allí, en Surrey, el 2 de octubre de ese año.

Ouspenski ya era un conocido escritor antes de encontrarse con su maestro: En 1905 escribió su primera novela, La extraña vida de Iván Osokin, basada en la idea de la recurrencia eterna. En 1909 había publicado La cuarta dimensión, y en 1912 Tertium organum, en el que retomaba las conclusiones acerca de la cuarta dimensión, agregándole tanto la relación entre ésta y la consciencia, así como ideas sobre otras disciplinas como la biología. Este libro quiso ser para él una continuación al Organon de Aristóteles y al Novum organum de Francis Bacon; de ahí su nombre: traduciéndolo, Tercer Órgano.

* La extraña vida de Iván Osokin (1905)
* La cuarta dimensión (1909)
* Tertium organum (1912)
* Cartas desde Rusia (1919)
* Fragmentos de una enseñanza desconocida
* Psicología de la posible evolución del hombre
* El cuarto camino (conjunto de conferencias y apuntes tomados en la propia Escuela)
* Charlas con un diablo

sábado, 16 de abril de 2011

Rojo y Negro, de Nancy Mendoza


                                                              Nancy Mendoza
Es poeta, narradora, gestora cultural, vive en Ovalle, III Región, Chile.

Un aire tibio se dejó sentir en Tololo Pampa aquel atardecer del año 1888. Luego una sucesión de remolinos que semejaban demonios juguetones, aparecieron arrastrando polvo y piedrecillas que tronaban al precipitarse sobre el techo. Los de la casa dejando sus labores, asomaban las cabezas para mirar asustados, el extraño espectáculo.
Según me contó doña Nelly Jiménez, el padre de familia era dueño de una mina, que le permitía vivir al menos en ese año, con cierta holgura económica. Poseía además varios animales domésticos entre gallinas, conejos y un centenar de cabras.
Cuatro eran sus hijos. Dos trabajaban en Canto del Agua y sólo iban a casa cada quincena. Su hijo mayor vivía en una ciudad de la región, pero se encontraba en ese momento visitando a la familia  junto a tres amigos. La menor, una niña tenía sólo cuatro años de edad.
Era frecuente por aquella época que llegaran a la majada forasteros en busca de alojamiento. Así que esa noche cuando ladraron los perros y vieron a aquel hombre que se presentó pidiendo hospedaje, lo recibieron. Invitándolo a la mesa se sentaron a conversar. Riendo mientras le servían comida, iban enterándose de sus noticias. Era del norte y se dirigía hasta Vallenar. Llevaba sus escasas pertenencias en un saco harinero que atravesaba su espalda y traía en una mano una garrafa de vino que ofreció con amabilidad por el recibimiento a los dueños de casa.
Después de unas horas la señora y su esposo se retiraron a dormir;  tenían que madrugar. Los demás se quedaron bebiendo.
El afuerino salió a fumar. Al rato los cuatro hombres comenzaron a sentir fuertes dolores de estómago. Uno de ellos no paraba de vomitar.
 Cuando entró vio tirados encima de la mesa a sólo tres de ellos. Había esperado a que el veneno que contenía el vino hiciera  efecto sobre los hombres. Pero no encontraba al cuarto. Abrió el saco y extrajo una escopeta. Decidió usarla con el fin de eliminar todo testigo que pudiera acusarlo del robo que iba a cometer.
Eran pasadas las doce de la noche cuando el forastero se acercó al dormitorio donde dormía el dueño de casa con su mujer. Una vez adentro le disparó directo al l corazón. Murió enseguida. Al ruido de la descarga la mujer despertó  cubriéndose instintivamente el rostro con las manos. Recibió cuatro impactos de escopeta; el primero en la mano que había levantado en un impulso para protegerse, el segundo en el antebrazo, el tercero en la mandíbula y el último en la cabeza. 
            El hijo debilitado, pero vivo gracias a que había expulsado parte del veneno con el vómito, fue a atacarlo por detrás con un chuzo, pero éste reaccionó al instante y le disparó.
La última en quedar viva, la pequeña, aterrorizada se ocultó debajo de una cama.  Excepto ella, todos habían sido asesinados.
Al salir el sol no se sentía más que el rumiar de los animales que andaban sueltos y el llanto de la niña, quien no paraba de llorar.
Ocurrió algo extraordinario. Una de las cabras se le acercó y quizás por haber visto cómo las crías se alimentaban o por puro instinto de supervivencia, ella comenzó a mamarle. Cada vez cada vez que lloraba el animal se le acercaba. Y es  como logró  nutrirse.
          Pasaron varios días. En la casa, sólo habitada por los cadáveres, se enseñoreaba el viento.  Al cabo de varios días vinieron de la quinta de El Zanjón unos vecinos extrañados del silencio reinante. Espantados descubrieron a los muertos y a la pequeña sobreviviente… y un revoltijo de ropas y objetos tirados por el suelo
Los hechos quedaron grabados a fuego en la memoria de Genara del Carmen Carvajal. Nunca pudo ver mezclados el rojo con negro, sin que le viniera un ataque de pánico, como le escuché narrarlo a su hija doña Nelly. Aquel bandido usaba al cuello un pañuelo con esos colores.  Así pudo constatarlo la policía cuando, tras una tenaz búsqueda por el desierto, logró atraparlo.


Huasco, otoño 1986.





Novela Negra




Cómo se escribe una novela negra
(¿Se puede freír un huevo sin romperlo?)
Mariano Sánchez Soler


Aunque, como autor, he reflexionado poco sobre el acto creativo y sobre la técnica narrativa que utilizo al escribir mis novelas, me veo en la obligación, debido a las intensas pesquisas realizadas desde la Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes, de mostrar la flor de mi secreto: cómo se escribe una novela negra. Bien, la suerte está echada. Como dijo Jack el Destripador: «Vayamos por partes».
1. La búsqueda de la verdad. Si el objetivo de cualquier aventura, de cualquier creación artística, es la búsqueda de la verdad (y si no, que se lo pregunten a Alonso Quijano), la novela negra es la expresión más nítida de esta indagación literaria. Su objeto narrativo nace de la necesidad de desvelar un hecho oculto/misterioso que nos mantiene sobre ascuas. A través de sus páginas, el autor se propone, además, desentrañar el impulso escondido que mueve a los personajes y que justifica la existencia del relato desde el principio al fin.
2. La intriga: del quién al cómo. Una novela negra debe escribirse con esa voluntad de intriga, de revelación; cada capítulo, cada página, tiene que conducir al lector hasta la conclusión final sin concederle el más mínimo respiro. Sin embargo, a diferencia de la novela rompecabezas clásica (Christie, Conan Doyle...), que cimentó la gloria de la novela policíaca desde los inicios de la era industrial, en la novela negra escrita a partir de Hammett, con la corriente hard-boiled (duro y en ebullición), tanto o más importante que saber quién o quiénes cometieron un hecho criminal es descubrir cómo se llega hasta la conclusión. Ahí está Cosecha roja, del gran Dashiell, cualquiera de las novelas de Chandler o el Chester Himes de Un ciego con una pistola como ejemplos del cómo. También es importante el por qué, aunque su respuesta puede resultar secundaria en una sociedad como la nuestra, en la que, como todo el mundo sabe, es más rentable fundar un banco que atracarlo.
3. La acción esencial. Si en la definición clásica de Stendhal «una novela es un espejo a lo largo de un camino», la novela negra es una narración itinerante que describe ambientes y personajes variopintos mientras se persigue el fin, la investigación, la búsqueda. La acción manda sobre los monólogos interiores, y la prosa, cargada de verbos de movimiento, se hace imagen dinámica y emocionante. Es un camino urbano, ajeno a las miradas primarias y a las mentes bienpensantes, donde la creación de personajes y la descripción de ambientes resulta fundamental y exige al autor una planificación previa a la escritura. Aquí radica uno de los rasgos esenciales de la novela negra, que la convierte, de este modo, en novela urbana, social y realista por antonomasia.
4. El argumento. Veamos: aventura indagatoria, intriga, realismo, crítica social, espejo en movimiento... Sin embargo, como diría Oscar Wilde, para escribir una novela (negra) sólo se precisan dos condiciones: tener una historia (criminal) que contar y contarla bien. ¿Y qué debemos hacer para conseguirlo? Antes de empezar a escribir, es preciso tener un argumento desarrollado, una trama en ciernes, un esquema básico de la acción por la que vamos a transitar. Saber qué historia queremos contar: su tema central. Después, al correr de las páginas, los acontecimiento marcarán sus propios caminos, a veces imprevisibles, pero el autor siempre sabrá hacia dónde dirige su relato. Un buen mapa ayuda a no perderse.
5. Lo accesorio no existe. La voluntad de contar una historia y atrapar con ella al lector permite pocas florituras y ningún titubeo. Toda la narración ha de estar en función de la historia que pretendemos escribir. Si leemos 1280 almas, de Jim Thompson, por ejemplo, descubrimos que el novelista escribió una historia exacta, ajustada, sin ningún pasaje prescindible. No en vano, es una obra maestra de la narrativa moderna. Es cierto: una novela criminal puede contener todo tipo de elementos disgregadores de la trama, divagaciones caprichosas, puede cambiar de espejo a lo largo del camino; pero entonces no nos encontraremos ante una novela negra, aunque se mueva alrededor de la resolución de un crimen o se describa un proceso judicial. En la novela negra, como en la poesía, lo accesorio no existe. Un poema puede ser bellísimo, pero si quiere llamarse soneto tendrá que escribirse, como mínimo, en endecasílabos. Es una regla fundamental del juego. Lo mismo ocurre con la novela negra: hay que elaborarla en función de unas reglas (que aquí estoy disparando a quemarropa) aceptadas a priori por el autor. Y para que sea buena literatura, hay que escribirla bien.
6. La construcción de los personajes. Cuestión clave: antes de comenzar a escribir, conviene saberlo todo sobre ellos. Su pasado, su psicología, su visión del mundo y de la vida... Si conocemos a los personajes principales (y muy especialmente al narrador o conductor de la historia, si es uno), el relato discurrirá fácilmente, se deslizará a través de las páginas como el jabón sobre una superficie de mármol y el lector no podrá abandonar el libro hasta el párrafo final. Para ello se aconseja realizar una biografía resumida de los personajes principales, como si se tratara de una ficha policial o un currículum para obtener trabajos basura, dos instrumentos de la vida real muy útiles en la creación literaria.
7. La fuerza de los diálogos. Cuando hablan, los personajes deben utilizar la jerga precisa, sin abusar, con palabras claves, pero sin caer en un lenguaje incomprensible y cambiante. Vale la pena utilizar de manera comedida palabras profesionales. Por ejemplo, si habla un policía, cuando vigila a un sospechoso está marcándole; un confidente es un confite; cuando matan a alguien, le dan matarile... Cada diálogo cuenta una historia, y muchos personajes que desfilan por la novela negra se muestran a sí mismos a través de sus palabras. El diálogo es un vehículo para mostrar su psicología y sus fantasmas. Un ejemplo clásico: Marlowe, en El sueño eterno, se disculpa ante la secretaria de Brody, a la que ha golpeado:
-¿Le he hecho daño en la cabeza? -pregunta el detective.
-Usted y todos los hombres con los que me he tropezado -contesta la mujer.
8. Documentarse para ser verosímil. Para que el lector se crea el relato que se está contando, el autor debe documentarse con el objetivo de no caer en mimetismos fáciles (especialmente cinematográficos). Por ejemplo, en España los jueces no usan el mazo, como los anglosajones, sino una campanita; los detectives españoles no investigan casos de homicidio ni llevan pistola (salvo rarísimas excepciones). Hay que conocer las cuestiones de procedimiento, no para convertir la novela en un manual, sino para no caer en errores de bulto. La verosimilitud lo exige para que el lector se crea nuestra historia. Hay que saber de qué se está hablando. Por ejemplo, de qué marca y calibre es la pistola reglamentaria de la policía española, ¿una pistola es lo mismo que un revólver?, cómo se realiza en España un levantamiento de cadáver..., y tantas otras dudas que surgen a lo largo de la acción.
9. El mundo del crimen. Si la trama que mueve una novela negra ha de ser creíble, los métodos del crimen también. La conclusión de un hecho criminal ha de llegar por los caminos de la razón. En el siglo XXI, los enigmas rocambolescos, los venenos exóticos y las conspiraciones insólitas han sido reemplazados por la corrupción institucional, las mafias, los delitos económicos vestidos de ingeniería financiera o el crimen de Estado. Vivimos en una era post-industrial donde la novela negra es un testigo descarnado de las cloacas que mueven el mundo, más allá del agente moralizador de la burguesía que campaba en las páginas de las novelas-enigma tradicionales. Los tiempos han cambiado y no hay retorno posible. El realismo y la denuncia imponen su rostro literario. Los mejores personajes de la novela negra actual son malas personas, pero, como diría Orwell, algunas son más malas que otras.
Y 10. Advertencia final: nada de trucos. Poe, en "El doble crimen de la calle Morge", inauguró el género policíaco y el género negro posterior al crack de 1929, porque, al escribir esta historia, planteó al lector el juego de descubrir una verdad, en apariencia sobrenatural, con las armas de la razón, a través de una investigación detectivesca. Esa voluntad del novelista, esta complicidad con el lector, exige al escritor no hacer trampas en la construcción de sus historias criminales y plantea, al mismo tiempo, una relación privilegiada con el receptor de sus novelas. Divertir, entretener, emocionar, escribir para ser leído... ¿No es este el objetivo de la Literatura? Hay que jugar limpio con el lector. ¡Las manos quietas o disparo! Para freír un huevo, es preciso romper la cáscara. Siempre.
FIN

10 Nov 2010